A veces me pregunto si las aves vuelan para huir o para volver. Allende las fronteras, ¿qué buscan las alas: tierra o cielo?

 

Tal vez no migran por destino, sino por cansancio. Tal vez no escapan: se rinden. Y en ese gesto sin promesa —el de irse sin saber si se vuelve— late el nombre de una patria donde las águilas decoran serpientes que devoran la raíz.

 

No es que huyamos, ni que las alas teman al suelo. Es que nos echan con la cortesía brutal del desengaño. Y quedarse así, cansa más que partir. Porque el exilio no empieza al irse, sino cuando estar ya no significa pertenecer.

 

¿Cómo llamar entonces patria a un lugar que abriga con una mano y asfixia con la otra?

 

Nos enseñaron a honrar un país de mármol, de bronce… y de ceniza. Un país donde los padres fundan, no mienten; donde los niños saludan a la bandera con el estómago lleno, y donde las balas solo suenan en los himnos. Pero ese país no existe. Nunca existió. Lo inventaron quienes necesitaban una estatua para esconder la fosa. Y nosotros, por costumbre, seguimos llamando patria al retrato, y libertad a su moldura.

 

Pero la costumbre, como el agua, horada hasta la piedra.

 

México no se derrumba, ni estalla: se cuartea. Se peina con fiebre, cocina sin saber si alcanza, llega tarde y —aun así— pide perdón. Se agrieta en las aulas sin gis, en las camillas sin vendas, en los techos que no cubren lo que prometieron.  No triunfamos: resistimos. Aquí no se fracasa: se sobrevive fingiendo que todo sigue en pie, aunque por dentro se sangre.

 

¿Y qué sostiene la caída, sino el silencio que disimula la herida para que nadie cargue con la culpa?

 

Aquí, nadie espera justicia, sino sobrellevar la impunidad. Y se denuncia con miedo, y se entierra con rabia, y se calla con pudor. Pues el Estado no es un padre que enseña y guía, sino una voz que no responde ni repara, salvo por excepción. Y aunque la ley existe, no llega. Se detiene en la aduana del poder, sobre una alfombra de muertos que se acumulan como papeles extraviados.

 

Aquí, el silencio no es paz: es la forma más estable del crimen. Pero incluso aquí, soñamos. No porque creamos que algo vendrá, sino porque imaginar justicia —aun sin verla nunca— es lo único que nos impide convertirnos en aquello que nos hunde.

 

Soñar, en México, no es esperanza: es la forma más íntima y radical de insurrección. Un acto de redención sin altar, sin himno, sin perdón… y sin testigos.